Entrevista: David Fernández – Shifting Courts

 Entrevista: David Fernández – Shifting Courts

EL ARTE DE DESACELERAR EL MUNDO A TRAVÉS DEL PICKLEBALL

En una época dominada por la prisa, las pantallas y los impactos digitales inmediatos, el realizador David Fernández decidió capturar el pickleball desde una perspectiva radicalmente opuesta: la lentitud. A través de Shifting Courts, su galardonado proyecto cinematográfico y fotográfico, la pista deja de ser solo un espacio de competición para convertirse en un lienzo de luces, tradición y ritmos humanos en Bali. Nos sentamos con él para hablar de cómo el deporte puede ser la perfecta resistencia contra la velocidad de la vida moderna y de cómo este rodaje ha transformado a una comunidad local.

Quienes piensan que el pickleball es solo una moda comercial se equivocan de cabo a rabo. En pleno boom global de este deporte, el cineasta David Fernández decidió viajar hasta Amed, un pequeño pueblo costero en Bali expuesto al turismo de masas, para capturar algo mucho más profundo: un microuniverso de resistencia cultural e identidad. Lejos de la adrenalina y las estadísticas, Shifting Courts aborda la pista como un escenario poético donde dialogan la tradición local y las influencias globales.

Para este proyecto, el director asumió el reto de desaprender los ritmos acelerados del cine tradicional, sentándose a observar la infancia local y el polvo suspendido en el aire. El resultado es un documental bellísimo que ya ha conquistado certámenes internacionales de prestigio —como el NYU Sports Film Festival de Nueva York—. En esta entrevista exclusiva, desgranamos la génesis de la obra, el impacto social del rodaje y los próximos pasos de su estreno en España.

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LA GÉNESIS DEL CORTOMETRAJE

David, este cortometraje nos traslada hasta Amed, un pueblo costero en Bali. ¿Cómo llegas a este rincón del mundo y cuál fue el detonante exacto que te hizo decir: «Aquí hay una historia que merece ser filmada»?

Volví a Indonesia por una razón bastante personal. Entre 2017 y 2018 pasé cuatro meses viajando por Indonesia y alrededor de un año y medio recorriendo el sudeste asiático y Oceanía como mochilero. Fue una etapa que me marcó mucho y, años después, sentía ganas de recuperar algunas de aquellas sensaciones: la libertad, la aventura, la incertidumbre de no saber exactamente qué va a pasar al día siguiente y, sobre todo, la posibilidad de conectar con la gente local y descubrir lugares y formas de vida diferentes.

Indonesia fue, además, uno de los países que más me marcó de aquel viaje. Por la calidez de su gente, la tranquilidad, la diversidad de paisajes y ecosistemas y esa capacidad que tiene de estimularte constantemente a nivel visual. Así que decidí volver para intentar sentir de nuevo todo aquello.

Y, como suelo hacer en mis viajes personales, llevé la cámara conmigo. Siempre me ha gustado que estos viajes sean también una oportunidad para explorar ideas que se salen de mi trabajo habitual en el estudio. A veces, de esos viajes personales terminan surgiendo pequeños proyectos que me permiten trabajar de una manera mucho más libre: elegir yo el tema, observar sin un encargo previo y dejar que la historia aparezca.

Eso es precisamente lo que ocurrió en Amed.

Mientras investigaba qué podía visitar y qué estaba ocurriendo en la zona, descubrí un pequeño club de pickleball después de ver unas fotografías de unas pistas en un entorno que me llamó muchísimo la atención. Y el pickleball, además, es algo que conecta directamente conmigo. Desde que llegó a mi vida, no lo he vivido solamente como un deporte, sino como una forma de relacionarme con otras personas y de construir comunidad.

Cuando llegué al club descubrí que allí ocurría algo parecido. Había una comunidad formada por gente local y extranjeros, pero lo que realmente llamó mi atención fue el protagonismo que tenían los niños locales. Pasaban allí muchísimas horas, hasta el punto de que el club se había convertido en una especie de segundo hogar para ellos.

Y fue ahí donde entendí que podía haber una historia.

Al principio pensaba que iba a documentar un deporte. Pero cuanto más tiempo pasaba allí, más claro tenía que el pickleball era solamente el punto de partida. Lo verdaderamente interesante estaba en esos niños, en la relación que habían construido con el club y en cómo aquel espacio se había convertido en un lugar de encuentro entre personas de procedencias muy diferentes.

En un entorno tan expuesto al turismo de masas, decidiste enfocar tu cámara en la infancia local y en la vida cotidiana alrededor de la pista. ¿Cómo se transformó esa idea inicial de registrar un deporte en un retrato sobre la identidad y comunidad?

Creo que tuvo mucho que ver con mi propia mirada como documentalista. Siempre me ha interesado especialmente la educación y la infancia, porque cuando hago un proyecto intento que tenga un sentido más allá de la propia pieza. Me interesa que pueda generar algún tipo de impacto, y creo que poner el foco en los niños es una de las formas más poderosas de hacerlo.

En Amed volví a encontrarme con esa mirada. Al principio me llamó la atención la imagen de unos niños jugando al pickleball en un lugar tan diferente a mi realidad cotidiana, pero poco a poco empecé a observar qué estaba generando el deporte alrededor de ellos.

Me sorprendió mucho ver cómo el pickleball les ofrecía un espacio de desarrollo y aprendizaje alejado de la tecnología. En Bilbao, de donde yo vengo, la relación de los niños y los jóvenes con la tecnología es muy fuerte. Allí, en cambio, veía a niños que pasaban muchísimas horas jugando, relacionándose y aprendiendo a través del deporte.

Y lo interesante es que esa educación no terminaba en lo que aprendían en el colegio. La pista se había convertido en una especie de extensión de ese aprendizaje, pero desde un lugar mucho más social y humano. Allí aprendían a relacionarse con otros niños, con adultos, con gente local y también con extranjeros. Todo ese contacto generaba una mezcla cultural que me parecía extraordinariamente interesante.

Estamos muy acostumbrados a entender el deporte desde la competición, desde quién gana y quién pierde. En Amed yo estaba viendo algo diferente: el deporte como un espacio de encuentro. Como una especie de pegamento capaz de unir a personas de procedencias muy distintas.

Y creo que ahí fue cuando cambió mi mirada. Dejé de ver simplemente un grupo de niños jugando al pickleball en un lugar exótico y empecé a entender el deporte como una herramienta muy poderosa de integración, de educación y de crecimiento.

Al final, la pista no era tanto el tema de la película como el lugar donde todo eso estaba sucediendo.

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EL PROCESO CON LA COMUNIDAD

Para lograr esa atmósfera tan íntima, tuviste que integrarte y ganarte la confianza de los habitantes de Amed. ¿Cómo vivió la comunidad local el proceso de tenerte allí, cámara en mano, formando parte de su día a día?

La comunidad lo vivió con muchísima ilusión. Están muy orgullosos de lo que han construido allí, empezando por Lance, el fundador del club, una persona maravillosa que desde el principio tuvo una intención que iba mucho más allá de crear un negocio: plantar una semilla dentro de la comunidad y conseguir que esa semilla creciera teniendo a todos en cuenta.

Hasta entonces nadie había llegado con la intención de documentar su historia de esa manera, así que la implicación y la apertura fueron totales. Los niños, especialmente, estuvieron encantados de ser protagonistas y participaron con muchísima naturalidad en todo lo que les proponía.

Me dejaron acompañarles en situaciones que iban mucho más allá del club: ir a la escuela, estar en la playa, pescar, jugar con las motos o simplemente recorrer diferentes lugares del pueblo. Para mí era importante mostrar también esa parte de sus vidas, porque estaban orgullosos de su día a día en Amed, no solamente de lo que ocurría en la pista.

Además, el hecho de trabajar solo, con un equipo ligero, ayudó muchísimo. No es lo mismo llegar con un equipo de rodaje que ser una persona con una cámara. Intimida mucho menos y permite pasar más desapercibido. Para mí era fundamental que la cámara no condicionara lo que estaba ocurriendo delante de ella.

Por eso, más que intentar dirigir las situaciones, mi prioridad era observar y dejar que las cosas sucedieran. Quería que el documental no desvirtuase la realidad, sino que simplemente la mostrase de la forma más honesta posible.

Y ganarse esa confianza es un proceso. Los primeros días ni siquiera sacaba la cámara. Primero estaba allí, jugaba con ellos, hablaba, compartía tiempo. Empecé a grabar poco a poco, a partir del segundo o tercer día, y con el paso del tiempo todos fueron acostumbrándose a mi presencia y a la cámara.

Y ahí ocurre algo muy interesante: la cámara empieza a desaparecer.

Cuando dejan de pensar que están siendo grabados, empiezas a ver realmente su esencia. Para mí, ese era uno de los objetivos principales del proyecto.

Al mirar el cortometraje terminado y recordar las largas jornadas de espera en la cancha, ¿cómo valoras el impacto de este proceso? ¿Hubo algún momento durante la filmación con los niños o los vecinos que cambiara por completo tu perspectiva como director?

Una de las cosas que más me ha reafirmado este proyecto es la importancia de la paciencia y de la espera en el documental. A veces pensamos que determinadas situaciones suceden por suerte, pero yo creo que la suerte se busca. Para tener suerte en fotografía o en documental tienes que estar allí, tener paciencia, esperar a que las cosas sucedan y entender muy bien las dinámicas del lugar para poder estar en el momento oportuno.

En este caso, además, al trabajar solo tenía que ser especialmente flexible. Tenía que entender las personalidades de los niños, saber quién tenía más fuerza, quién podía provocar determinadas situaciones y adaptar mi posición y mi manera de trabajar a lo que iba sucediendo.

Como director tienes que ir mutando constantemente y adaptarte a la historia que estás contando, en lugar de intentar imponerle una estructura desde fuera.

Creo que el verdadero tema de la película lo descubrí después de un par de días. Primero necesitaba integrarme en la comunidad y observar.

Y, al ver el protagonismo y la energía de los niños, entendí que centrarme en ellos era probablemente la historia más especial que podía contar de Amed.

Pero también descubrí que aquel lugar era mucho más que una pista de pickleball. Era un espacio de encuentro. En otros lugares de Amed o de Bali, la relación entre el turista y la población local está muchas veces condicionada por una transacción comercial. Allí estaba ocurriendo algo diferente: personas locales y extranjeras relacionándose de una manera mucho más abierta, más libre y más horizontal, casi como amigos. Y esa mezcla me parecía muy especial.

Eso también cambió mi perspectiva sobre lo que quería conseguir con el documental. Siempre he buscado que mis películas tengan un impacto, que cambien de alguna manera la percepción del espectador o que le hagan sentir algo que pueda llevarle a actuar. Pero aquí empecé a perseguir algo diferente.

Quería que el espectador volviese a sentirse como un niño.

Que, a través de estos niños, pudiera recordar esa sensación de libertad, de pasar horas jugando, pescando o simplemente estando en la playa sin mirar un teléfono ni preocuparse por el tiempo. Esa desconexión tecnológica y esa relación tan sencilla con el mundo me parecía algo que todos hemos vivido y que, de alguna manera, hemos ido perdiendo.

Por eso hay momentos aparentemente muy sencillos en la película, como los niños jugando o pescando en la playa, que para mí tienen tanta importancia. Son situaciones en las que el tiempo parece detenerse y que, precisamente por su sencillez, pueden transportarnos directamente a nuestra propia infancia.

Y quizá eso es lo que más me ha aportado el proceso: recordar que, muchas veces, las situaciones más sencillas son las que terminan quedándose con nosotros para siempre.

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EL LEGADO EN AMED Y SU RECORRIDO EN ESPAÑA

Tras apagar las cámaras y ver el proyecto terminado, lo verdaderamente importante es lo que se queda allí. ¿Cómo ha transformado la vida de los cinco niños protagonistas y de los vecinos de Amed esta experiencia? ¿Ha cambiado en algo su relación con la pista y con su propia identidad frente a los ojos del turista?

Creo que la película ha tenido un impacto importante en la comunidad, y la mejor prueba de ello fue precisamente la proyección comunitaria que hicimos en las propias pistas durante el mes de junio.

Asistió prácticamente toda la gente que forma parte de ese lugar: los niños, los locales, los extranjeros y las personas que habitualmente van a jugar. Había muchísima expectación porque la película ya había pasado por festivales como Nueva York y San Francisco y ellos tenían muchas ganas de verse en pantalla y de descubrir cómo había quedado la historia que habíamos construido juntos.

Por lo que me han contado, la reacción fue muy emotiva. Creo que verse representados les ayudó a reconocer algo que quizá desde dentro es difícil de percibir: lo que han creado juntos es realmente un tesoro.

Para algunos puede ser simplemente un lugar al que van a jugar al pickleball, pero la película les ha permitido mirar ese espacio desde fuera y entenderlo de otra manera: como un lugar de encuentro, de aprendizaje y de convivencia que merece ser cuidado. Casi como una segunda casa.

Y creo que también ha puesto todavía más en valor el papel de los niños dentro de esa comunidad. Ellos son, de alguna manera, su mayor tesoro. Ver su pasión, las horas que pasan allí y todo lo que están aprendiendo a través del deporte puede ayudar a los adultos a ser todavía más conscientes de la importancia que tiene ese espacio para ellos.

También creo que la propia forma en la que está contada la película ha influido en esa percepción. El deporte suele representarse desde la velocidad, la competición, la energía y una edición muy rápida. Shifting Courts hace prácticamente lo contrario: es una película pausada, observacional y bastante poética.

Eso permite mirar el club de otra manera. Durante la proyección, creo que pudieron detenerse y observar su propio espacio con más calma, casi como si lo estuvieran descubriendo de nuevo. La pista deja de ser solamente una pista y se convierte en ese pequeño refugio, ese lugar de encuentro que han construido entre todos.

Y eso es precisamente lo que me gustaría que ocurriera también cuando la película llegue a otras audiencias: que alguien que nunca ha estado en Amed pueda mirar ese lugar y entender que allí hay algo especial, algo que va mucho más allá del deporte.

El cortometraje ya está cosechando grandes reconocimientos internacionales, como el premio al Mejor Documental en el NYU Sports Film Festival de Nueva York o su selección oficial en San Francisco. Para nuestros lectores en España que quieran descubrir esta joya cinematográfica, ¿dónde y cuándo podremos ver Shifting Courts en las pantallas de nuestro país?

La siguiente parada será el Festival Internacional de Cine de Santander, donde habrá una proyección especialmente dirigida a escolares en el Centro Botín, en una sala con capacidad para unas 220 personas. Es una oportunidad que me hace especial ilusión porque precisamente una de las ideas que atraviesan la película es el papel del deporte y de la infancia como herramientas de aprendizaje y crecimiento.

Si alguien está interesado en asistir a esta proyección y le gustaría recibir una invitación especial, puede escribir a kaixo@banukaestudio.com para solicitarla y gestionar la reserva.

Además, hemos enviado la película a ZINEBI, el Festival Internacional de Cine Documental y Cortometraje de Bilbao, y a algún otro festival, aunque en esta etapa no estamos planteando el recorrido con una gran ambición competitiva. Nos interesa más que la película encuentre a las personas y comunidades para las que creemos que puede tener un significado especial.

Por eso también estamos trabajando en organizar algunas proyecciones específicas para la comunidad de pickleball en Bizkaia, probablemente en Bilbao y Abadiño. La idea sería que no fueran simplemente proyecciones, sino encuentros en los que pudiéramos ver la película juntos y después abrir un diálogo sobre algunas de las cuestiones que plantea.

También nos gustaría hacer algo parecido en Madrid, donde existe una comunidad de pickleball muy activa, aunque todavía estamos viendo cómo y cuándo organizarlo.

Y, finalmente, llegará el momento de poner la película a disposición del público en internet. La propia comunidad de Amed está esperando con muchas ganas poder verla y compartirla, así que para mí también será bonito que Shifting Courts pueda estar finalmente al alcance de cualquiera, independientemente de dónde esté.

Después de todo el recorrido que ha tenido durante estos meses, me gustaría que la película siguiera encontrando su camino, pero esta vez de una manera más cercana: llegando directamente a las comunidades que puedan reconocerse en ella y generar una conversación alrededor de lo que cuenta.

Al ver el teaser trailer y revisar los fotogramas de Shifting Courts, queda claro que el trabajo de David Fernández va mucho más allá de un registro deportivo. Es un recordatorio visual y ético sobre la importancia de proteger lo local en un mundo interconectado y veloz. En las pistas de Amed, el pickleball ya no se mide en puntos ganados, sino en la dignidad de una comunidad que ha encontrado en una pala y una pelota la herramienta perfecta para contarle al mundo quiénes son. Una obra imprescindible que, muy pronto, promete conmover y hacer reflexionar al público español desde las salas de cine. Muchas gracias David por tu increíble trabajo ¡Nos vemos en las pistas!

FICHA EDITORIAL

  • Proyecto: Shifting Courts (Cortometraje Documental).
  • Dirección: David Fernández Graña.
  • Hitos destacados: Ganador del Open Documentary Award en el NYU Sports Film Festival y Selección Oficial en el 69º Festival Internacional de Cine de San Francisco (SFFILM).
  •  Actualizaciones y Fechas en España: Disponible en la web oficial shiftingcourts.com.
    Pedro Gutiérrez

    Pedro Gutiérrez

    Amante de la mar por naturaleza, monitor por vocación y especialista en asegurar que el viento del Cantábrico es el culpable de todos mis fallos en la red. En The Pickleball Mag cambio el neopreno por la pala para enseñar los secretos de la pista, y sigo convencido de que la vida, al igual que una buena ola o un buen dink, se disfruta mucho más si no te lo tomas tan en serio.

    2 Comments

    • Interesante entrevista, habrá que intentar ver el documental porque tiene buena pinta.

    • 😍 ¡¡qué gran proyecto!!, seguro que sigue teniendo muchos éxitos.

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